Existen aún lugares donde se agasaja al viajero. Donde las visitas se aprecian como un regalo que precisa una deslumbrante contrapartida. Hay casas donde te sientan a la mesa con toda la familia, donde eres uno más, pero ese día es fiesta.
Llegas cansado, tras un camino largo, una larga ausencia, pero el afecto sigue siendo el mismo. El tiempo se congeló el día que saliste de allí y hoy vuelve a funcionar. Tú respondes como puedes. Cuentas algo de tu vida, que escuchan con atención. Como en otro tiempo, en otros lugares, donde las noticias las traía el viajero. Las grandes historias llegaban por los caminos o carreteras. Cuando las novedades hacían soñar con lugares lejanos.
La gente se disputa tu compañía, un sitio junto a ellos en la mesa. Y tú, insignificante, te sientes importante. Parte de una gran familia.
Corre el vino y las palabras, comas lo que comas nunca es suficiente a sus ojos. Siempre te ofrecen permanecer más tiempo, contarles más cosas, acompañarles más.
Y tendrán luego su vida, que seguramente es muy distinta a la tuya y la mía, pero demuestran, en cuanto llegas, que hay cosas que hacen muy bien. Llevan la generosidad a su extremo, con los que están cerca de ti.
Porque ahí radica todo: generosidad. Esa palabra que sólo se oye cuando hay una catástrofe, donde tú das dinero y los bancos se quedan la mitad, por el servicio. Y es una de esas palabras, sin embargo, que hacen hermoso todo lo que tocan.