Pasaban las 11 de la noche, era sábado. Las terrazas a reventar y el bullicio propio de los fines de semana de verano: sin playa, sin vacaciones y con hipoteca. Los padres se sientan animosos en conversaciones vacuas con parejas amigas o vecinas, mirando de reojillo a la mesa de al lado, las tapas del vecino y las faldas de las adolescentes que salen de juerga. Unos con mirada sorprendida, otros con gesto displicente y casi todos criticando.
Mientras tanto los pequeños juegan y corretean por la plaza aledaña. La fuente es un polo de poderosa atracción. El agua, el peligro, el resto de niños allí congregados.
La escena me llamó la atención. La fuente estaba vallada, pero era sencillo pasar ese pequeño obstáculo. Un niño se encontraba en la fuente, dentro, sobre un escalón sin pisar el agua. El resto de niños, sobre todo niñas, rodeaban la fuente y lo jaleaban y arengaban para que se metiese en el agua. Todos vestían ropa de boda, el tiempo apremiaba porque las madres, hastiadas ya del dolor de los tacones, de meter barriga y de ver cómo el marido se pasa todo el maldito rato embelesado con la camarera, llegarían con un furioso “Mira como te has puesto de mierda”, o “Para eso me preocupo yo de lavarte la ropa”.
En el fondo todos los niños sabían que debían darse prisa, el que estaba en la fuente porque ya podía oír a sus padres exhortándole para que abandonase el recinto, las niñas de la valla para demostrar que podían manejar al niño y los más pequeños porque estaban contagiados del ambiente imperante. Las niñas gritaban, “No decías que te ibas a meter” y el niño dudaba. Dudaba porque se había hecho el valiente entrando allí, quería impresionar a todas esas chicas, demostrar que él era más, el que se atreve con todo, el rey de la fiesta. Pero tenía miedo a su madre, otra chica, pero no como las demás. Siempre hay una que no es como las demás, esa que tiene una cuota mayor de audiencia. Y en ese momento se sintió doblegado por la responsabilidad, ni p’alante ni p’atrás. El chaval estaba quieto, inmóvil, inerme y así permaneció durante el tiempo suficiente como para que todas esas niñas empezaran a odiar a la futura suegra, fuese cual fuese, porque no les permitiría controlar definitivamente a ese hombre.